Un elemento clave para la tolerancia: Mi vida, su significado

*Kazumi Murata


Imagen tomada de El viajero feliz

Yo soy hija de japoneses nacida en México. Por lo tanto, soy mexicana por nacimiento. Pero mis rasgos son japoneses. Así que a veces no entienden por qué hablo perfectamente bien el español o por qué como tacos parada en un puesto de la calle.

Hace unos años pasó algo muy curioso cuando fui a Houston con mi esposo y comimos en un restaurante mexicano. Pedí un mole de olla. El mesero no entendía cómo una persona con rasgos orientales estaba en un restaurante en Estados Unidos pidiendo un platillo mexicano en un español quizá mejor que el suyo.

En otra ocasión, estando en Los Ángeles con mi mamá y mi hermana, fuimos a un restaurante japonés y la mesera -japonesa- insistía en hablarnos en inglés cuando le contestábamos en japonés. Hasta que muy intrigada nos preguntó por qué hablábamos tan bien japonés si no nos veíamos -según ella- 100% japonesas.

Pero no toda mi vida integré ambas nacionalidades con armonía.

Asistí a un kínder mexicano que me quedaba cerca de casa. Ahí era la única oriental y sí tuve compañeros que se burlaban de algún aspecto mío o me rechazaban abiertamente.

La primaria la hice en el Liceo Mexicano Japonés, al cual asisten tanto mexicanos como japoneses, y japoneses de diversos tipos: yo soy nisei (segunda generación), hay sansei (tercera generación) y así sucesivamente; también están los que uno de sus padres es japonés y el otro mexicano; y por supuesto, el japonés nacido en Japón.

El Liceo Mexicano Japonés cuenta con dos secciones: la japonesa cuyos planes de estudio van de acuerdo con lo establecido por las instituciones japonesas y la sección mexicana incorporada a la Secretaría de Educación Pública de México.

Yo estudié en la sección mexicana y percibí que los de la sección japonesa no eran tan amables con los japoneses nacidos en México. Esa incomodidad me llevó a pedir cambio de escuela y acabé en una escuela católica de mujeres.

Todas estas experiencias más la adolescencia per se, me llevaron a una crisis en la cual rechacé tajantemente mi parte japonesa y critiqué severamente su cultura y sociedad, tratando de anular en mí su existencia. Sin embargo, era una postura muy a modo porque me seguía gustando viajar a Japón -iba y criticaba todo, pero me encantaba-, me devoraba toda la comida japonesa que se me cruzara -lo sigo haciendo- y me maravillaba con los avances tecnológicos y todas las cositas interesantes que inventaban en ese país.



Pero la crisis de identidad fue real.

Hasta que un día tuve una epifanía y me di cuenta de que era muy afortunada porque a diferencia de otras personas tengo dos culturas en mí.

En Semiología de la Vida Cotidiana®, la percepción de las diferencias como abundancia es un elemento básico de la tolerancia.

Imagina por un momento un mundo en donde únicamente exista la flor de jazmín, solo haya enchiladas suizas, y que todos los hombres fueran iguales y las mujeres también. Vayas donde vayas, en todos los jardines solo hay flor de jazmín; viajas a París, a Bali, a Tokyo y a Sidney y solo puedes comer enchiladas suizas; y ¿a quién elegirías de pareja? si tu novio, amigo, papá y hermano, todos son iguales… Los estereotipos de la sociedad actual parecería que eso es lo que quieren: unificar todos los estándares.

Las diferencias no son una amenaza, al contrario, nos da la posibilidad de elegir, descubrir que nuestro mundo nos regala abundancia todos los días y que enriquece cada una de nuestras experiencias.


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*KAZUMI MURATA

Consultora y Comunicadora certificada en Semiología de la Vida Cotidiana®

Miembro certificado de la Asociación Internacional de Semiología de la Vida Cotidiana A.C.

Terapeuta holística: terapia cuántica y practicante de Barras de Access Consciousness®

Apasionada del buceo. Escritora

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